|
Fuga de cerebros. Los clubes de baloncesto europeos comienzan a robar jugadores a la NBA. La depreciación del dólar es la punta de un iceberg ante el que están chocando las franquicias americanas y del que en el Viejo Continente han sacado provecho. HACE unos cuantos años, cualquier comparación entre la NBA y el baloncesto europeo acababa irreductiblemente con la derrota del segundo. Los americanos ganaban en calidad, cantidad, plasticidad, espectáculo y, sobre todo, en recursos económicos. Cualquier jugador europeo bebía los vientos por cruzar el charco y militar en una franquicia que apostara por él, aunque fuera para disputar pocos minutos y acabar la temporada con unas estadísticas paupérrimas. Por su parte, los equipos europeos se contentaban con traer al Viejo Continente a jugadores americanos de perfil bajo, que recalaban en Europa conscientes de que en la NBA estaban condenados al ostracismo. Con excepciones, ésta era la tónica general, pero en la sociedad globalizada del año 2008 nadie se libra de sufrir las consecuencias de los vaivenes económicos propios de nuestra era. La depreciación del dólar frente al euro no es sino la punta de un iceberg económico en el que los clubes de la liga norteamericana empiezan a encontrarse ahogados por un restrictivo sistema salarial y de impuestos que, hasta ahora, los jugadores de nivel medio aceptaban ante la imposibilidad de hallar una mejor opción. Una alternativa que ahora tiene nombre de club ruso o griego. Evidentemente, los grandes jugadores NBA seguirán militando durante muchos años en EEUU Hace unos días, la cadena norteamericana ESPN desvelaba una información sobre la megaestrella Lebron James en la que, basándose en fuentes cercanas al jugador, afirmaban que éste "estaría dispuesto a jugar en Europa si algún club le ofreciera una oferta que rondara los 50 millones de dólares por año", treinta más de lo que cobraría como agente libre al finalizar su contrato en 2010. Dejando de lado este desproporcionado rumor, lo que está claro es que existe ahora mismo un grupo de jugadores para los que la decisión de militar o no en la liga más potente del mundo ya no es tan diáfana como antes. Hasta ahora, la práctica totalidad de estos casos eran jugadores europeos que regresaban a Europa tras una fallida aventura en tierras del tío Sam. Casos como los de los ex baskonistas Macijauskas y Planinic o el del español Raúl López. Pero ahora la novedad es que, en muchos de los casos que estamos conociendo este verano, los destinados a potenciar las ligas europeas son jugadores que contaban con buenas ofertas sobre la mesa para continuar su carrera en Norteamérica. Si hay un caso que destaca por encima de todos es el del joven alero de los Atlanta Hawks y hoy ya jugador del Olympiacos, Josh Childress . Sin ser una grandísima estrella, el espigado jugador de pelo a lo afro sí fue una pieza importante del club de Georgia, donde promedió unos 30 minutos de juego actuando como sexto hombre. En Atlanta le ofrecían 33 millones de dólares por cinco años, pero él ha preferido un contrato de 20 millones por tres temporadas en el club griego. A cambio, menos impuestos a pagar, trato de máxima estrella con viajes, chóferes y atención personal durante 24 horas y la posibilidad de rescindir unilateralmente su contrato al finalizar cada una de las tres campañas. Childress pasará de ser un jugador con cierto reconocimiento en la NBA a un astro mimado, y además tendrá la oportunidad de compartir vestuario con titanes del calibre de Papaloukas, Vujcic o Halperin. Y es que los dueños del Olympiacos no conocen el significado de las palabras tope salarial, como los del CSKA, el Dynamo o el Khimki, recién llegado al Olimpo ruso de los que caminan sobre montañas de petrodólares. Los 71 millones de dólares de los que disponen las franquicias americanas para repartir entre los sueldos de sus jugadores se les han quedado cortos ante los megacontratos con los que agasajan a sus principales tótems, formando una barrera contra la que también chocan los jugadores novatos que aspiran a comerse el mundo a base de triples y mates. la locura rusa Además, el límite de 19 años para poder entrar a formar parte de cualquier plantilla NBA fuerza también casos como el del joven base Brandon Jennings , que la próxima temporada militará en el Virtus de Roma como trampolín de vuelta a los EEUU, pues acaba de cumplir la mayoría de edad. En la capital italiana compartirá vestuario con el pívot esloveno Primoz Brezec , que hace el camino de vuelta tras nueve años en la competición norteamericana en equipos como Indiana, Charlotte o Toronto. Otro esloveno, Bostjan Nachbar , parte de los New Jerseys Nets para jugar las próximas tres temporadas en el Dynamo de Moscú a cambio de 18 millones. Su compañero en los Nets, el serbio Nenad Krstic , ha firmado por el también ruso Triumph Lyubertsy a cambio de la misma cantidad, pero por un año menos de contrato. De Toronto han salido este verano dos de los próximos integrantes de la plantilla del Khimki ruso, que con tan sólo once años de existencia se ha propuesto desbancar con sus mismas armas al CSKA o el Dynamo como zares del baloncesto. El argentino Carlos Delfino percibirá cuatro millones de euros por temporada, renunciando a los doce millones de dólares por tres años que le ofrecían los Detroit Pistons. Por su parte, el madrileño Jorge Garbajosa no ha podido resistirse a los cerca de tres millones que percibirá cada una de las dos próximas campañas. Pese a que su deseo era regresar al Unicaja, las mastodónticas cantidades ofrecidas por que el presidente del Khimki, Aleksey Bodunkov han mitigado su pretensión. Bodunkov es un hombre que ha construido en su estadio -con capacidad para 3.500 personas- una réplica exacta del sofisticado gimnasio de los Chicago Bulls, así que es capaz de cualquier cosa para formar un equipo campeón. El base puertorriqueño Carlos Arroyo , otro ex baskonista, aunque tan efímero que a estas alturas ya casi nadie recuerda sus dos meses de estancia en Vitoria, anunció recientemente su fichaje por el Maccabi de Tel Aviv gracias a un contrato de dos millones y medio por temporada. El caso más reciente es el del menudo Earl Boykins , que con 32 años y su 1,65 metros de altura acaba de fichar por el Virtus de Bolonia y se va a convertir en el jugador mejor pagado de la competición italiana por culpa de los 3,5 millones de euros que figuran en su nuevo contrato. A pesar de que hasta los clubes italianos se han apuntado a esta nueva moda, en la ACB no parecen estar por la labor de subirse al carro. Tan sólo el retorno de la bomba Navarro a Barcelona se sitúa a un nivel parecido en el aspecto económico -dos millones de euros por temporada- pero seguro que la deuda que mantenía con el Barça también ha tenido mucho que ver. Texto y Foto tomado del Periódico"Noticias de Álava"
|